Hay países que uno visita y siente que todo funciona un poco mejor. Y después está Suiza.
Lo primero que impacta a cualquier viajero que llega es la prolijidad. Las calles impecables, los espacios verdes perfectamente cuidados, el transporte que cumple los horarios al segundo y una sensación permanente de que nada está fuera de lugar. Es difícil no compararlo con nuestra realidad cotidiana.
Y, aunque Suiza es un país pequeño —su territorio equivale aproximadamente a la superficie de Tacuarembó, Salto y Paysandú juntos—, tiene casi nueve millones de habitantes y una enorme diversidad cultural. Conviven cuatro idiomas oficiales: alemán, francés, italiano y romanche. Además, alrededor del 30% de su población es extranjera.
Es también uno de los países más caros de Europa, aunque los salarios están entre los más altos del continente. Y quizás esa combinación explique, en parte, una sociedad donde el respeto por las normas y por los demás parece estar profundamente incorporado.
Hay ejemplos que para un uruguayo resultan casi imposibles de imaginar. Los domingos, por ejemplo, prácticamente todo se detiene. No hay shoppings abiertos y las actividades ruidosas están fuertemente restringidas. Cortar el pasto, lavar ropa o hacer determinados trabajos que generen ruido pueden convertirse en una molestia para los vecinos.
El resultado es algo que en Uruguay cuesta imaginar: el silencio absoluto de una ciudad un domingo.
Pero las reglas no terminan ahí. Los perros pagan impuestos y, en el caso de algunas mascotas pequeñas, como hámsters, canarios o tortugas, la normativa busca evitar que los animales vivan solos. La idea es que tengan compañía. Incluso existen servicios que alquilan pequeñas mascotas para quienes se quedan sin su compañero.
Puede sonar insólito, pero detrás de estas normas aparece una característica mucho más profunda de la sociedad suiza: la idea de que cada individuo tiene responsabilidades con el conjunto.
Eso también se refleja en su democracia directa. Los suizos votan con frecuencia sobre leyes, impuestos y distintas decisiones públicas. La participación ciudadana forma parte de una cultura donde las reglas no parecen estar solamente para ser cumplidas por otros.
Y esa lógica se nota especialmente en el transporte.
Recorrer Suiza en tren es, probablemente, una de las mejores formas de conocer el país. Las vías conectan prácticamente todos los rincones y los trayectos atraviesan montañas, lagos y pequeños pueblos alpinos. Hay trenes panorámicos como el Glacier Express, que realiza recorridos de varias horas por algunos de los paisajes más espectaculares de los Alpes.
La puntualidad es casi una religión. Si el tren dice que sale a las 12:01, sale a las 12:01.
Para un uruguayo, quizás la mejor forma de entender esa diferencia sea pensar en algo todavía más sencillo: estacionar donde no corresponde. En Suiza, quince minutos pueden ser exactamente quince minutos. Ni quince y medio.
Y, aun así, todo ese orden no le quita encanto al país. Al contrario.
Zúrich, la principal ciudad y capital financiera, combina modernidad, lujo y un casco histórico que vale la pena recorrer. Ginebra concentra organismos internacionales y tiene una fuerte presencia de comunidades extranjeras. Berna, la capital política, ofrece una escala mucho más tranquila y elegante.
Pero es al salir de las grandes ciudades cuando aparece la imagen que probablemente todos tenemos de Suiza en la cabeza.
Los Alpes, los lagos, los pueblos pequeños, las flores, las montañas y las cascadas integradas en el paisaje. Algunos lugares parecen directamente salidos de una película. Lauterbrunnen, por ejemplo, con sus acantilados y cascadas, tiene ese aspecto de postal imposible que hace pensar que fue creada artificialmente.
Y no hace falta ser fanático de la naturaleza para disfrutarlo. La particularidad de Suiza es que la naturaleza no parece estar separada de las ciudades: está integrada a ellas.
Claro que Suiza también tiene sus contradicciones.
Es un país históricamente neutral, pero mantiene un fuerte sistema de defensa, con servicio militar obligatorio y una enorme infraestructura de refugios construida durante la Guerra Fría. Y al mismo tiempo es una de las grandes potencias financieras de Europa, con una larga tradición bancaria y fiscal que atrajo durante décadas a grandes fortunas.
Después están los clásicos: el chocolate, el queso, el fondue, los relojes y los lagos. También Montreux, una ciudad vinculada al jazz y a la historia de Queen, con la estatua de Freddie Mercury mirando hacia el lago.
Para conocer el país, cinco o seis días pueden ser suficientes para tener un buen panorama. Y hacerlo en tren no es solamente una cuestión de comodidad: en Suiza, el viaje es parte de la experiencia.
Quizás ese sea el verdadero atractivo del país. No se trata solamente de llegar a un lugar determinado, sino de disfrutar cómo funciona todo mientras uno llega.
Y ahí aparece, inevitablemente, el contraste con nosotros.
Porque mientras en Uruguay cinco minutos pueden ser una medida bastante flexible del tiempo, en Suiza quince minutos pueden alcanzar para que aparezca una multa. Mientras nosotros podemos convertir un domingo cualquiera en una sobremesa que se extiende durante horas, ellos parecen haber hecho del silencio una institución.
Tal vez por eso Suiza resulta tan fascinante para un uruguayo: porque es, al mismo tiempo, cercana y completamente diferente.
Un país pequeño, ordenado, caro, silencioso y extraordinariamente bello, donde hasta los trenes parecen saber exactamente dónde tienen que estar.
Y donde, por las dudas, más vale no cortar el pasto un domingo.
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