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Turismo de película: Ruta 66

Mucho más que una carretera, la Ruta 66 sigue siendo un símbolo de una manera de viajar que invita a bajar la velocidad, detenerse en los pequeños pueblos y descubrir la esencia de Estados Unidos lejos de las grandes aut

En una época donde todo parece medirse en tiempos de llegada, la Ruta 66 propone exactamente lo contrario: disfrutar del trayecto. Y quizás esa sea la razón por la que, casi cien años después de su inauguración, sigue despertando el interés de viajeros de todo el mundo.

Nacida en 1926, la histórica carretera unía Chicago con Los Ángeles y fue la primera gran ruta completamente pavimentada de Estados Unidos. Durante décadas fue una vía fundamental para el comercio, pero también para miles de personas que atravesaban el país en busca de nuevas oportunidades. A su alrededor crecieron estaciones de servicio, talleres mecánicos, moteles y pequeños comercios que terminaron convirtiéndose en parte del imaginario colectivo estadounidense.

Hoy, paradójicamente, la Ruta 66 ya no existe como una carretera continua. Gran parte de su trazado fue reemplazado por modernas autopistas interestatales que permiten recorrer largas distancias sin atravesar ciudades ni detenerse. Sin embargo, el espíritu de la «Mother Road» permanece intacto en cientos de kilómetros de caminos originales que todavía pueden recorrerse enlazando distintos tramos.

Y es justamente ahí donde aparece la magia.

Mientras las autopistas modernas fueron diseñadas para llegar rápido, la Ruta 66 invita a hacer exactamente lo contrario. El recorrido atraviesa ocho estados, decenas de pueblos y escenarios que parecen detenidos en el tiempo. Moteles con estacionamiento frente a la habitación, hamburgueserías familiares que conservan recetas de hace décadas, antiguas estaciones de servicio restauradas y museos que mantienen viva la historia de una carretera que marcó a varias generaciones.

Buena parte de esa mística fue inmortalizada por el cine. La película Cars tomó como inspiración muchos de estos pueblos que quedaron al margen de las grandes autopistas. De hecho, varios de los lugares que aparecen durante el recorrido hoy exhiben referencias directas a la película, convirtiéndose en paradas obligadas tanto para fanáticos como para familias que viajan con niños.

Pero reducir la Ruta 66 a una sucesión de fotografías sería quedarse corto. Su verdadero encanto aparece cuando uno acepta cambiar el ritmo. Son casi 4.000 kilómetros que conviene recorrer en dos o tres semanas, no porque la distancia lo exija, sino porque cada pueblo ofrece una excusa para detenerse un rato más. Dormir en un motel clásico, conversar con los locales, descubrir un restaurante perdido en medio del desierto o simplemente manejar sin la ansiedad de llegar.

El viaje también permite encontrarse con algunas de las postales más curiosas de Estados Unidos: el famoso Cadillac Ranch, donde una docena de automóviles emerge de la tierra convertida en obra de arte; el Midpoint, que marca exactamente la mitad del recorrido; o pueblos fantasma como Bodie, conservados casi intactos desde la época de la fiebre del oro.

Quizás por eso quienes la hicieron rara vez hablan únicamente de los kilómetros recorridos. Hablan de las historias que encontraron en el camino, de los paisajes que cambiaban de un estado a otro y de la sensación de viajar por un país que todavía conserva rincones capaces de detener el tiempo.

En definitiva, recorrer la Ruta 66 no consiste en ir de Chicago a Santa Mónica. Consiste en entender que, algunas veces, el mejor destino es precisamente el camino.

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